Tanto tiempo
Hace tanto tiempo que no escribo... Es lo que tiene un mes de julio de vacaciones, y la verdad, no me arrepiento de haber estado desconectado del ordenador, y si el mundo me lo permitiera seguiría así, pero hay que saber estar en cada momento, y aunque me cueste tengo que aceptar que ya no estoy perdido en el Pirineo sin más electricidad que la que un motor a gasolina nos daba para encender cuatro bombillas a la noche.
No tengo fotos, deliberadamente me negué a llevar mi cámara. Quizá pida que me pasen unas pocas, pero estar donde he estado con la cámara a cuestas es no tener ni idea de dónde estaba y qué hacía, así que antes que descontrolarme todo el día haciendo fotos, la dejé en casa.
Primero vinieron los sanfermines, nada del otro mundo, unos como lo podían haber sido otros cualesquiera. Pero el día quince me fui de monitor a un campamento. Un sólo objetivo, ayudar a crecer a unos chavales de primero y segundo de la E.S.O. acostumbrados a una vida fácil de ombliguismo; unos niños como el resto de los de su edad, quizá con la suerte de ir a un colegio concertado, algo que no parecían valorar realmente, quizá ni se dieran cuenta de ello.
Una vez he terminado, puedo decir que lo hemos conseguido. Y digo lo hemos, porque yo era uno más en un equipo de ocho monitores y dos coordinadores. Ya sólo por poder decir esto podría estar feliz.
Pero va mucho más allá. He conocido a personas que de otra forma no lo habría hecho, personas a las que he cogido mucho aprecio. He, además, vuelto a ver a una de esas personas que a uno le marcan la vida, y quizá haya sido por última vez. Voy a seguir sin nombrar, pero baste decir que fue mi profesor de religión en 1º y 2º de E.S.O., pero eso es lo menos importante porque sobre todo en nadie más he visto reflejado tanta sabiduría y tanto desinterés juntos.
Recuerdo aquel 15 de julio, sólo hace once días, tan intensos como dos meses y tan cortos como una sola jornada. Llegué solo, sin conocer a ninguno del resto de monitores, sabiendo que era el mayor y el único que conocía de antemano a algunos de aquellos chavales. Tenía el miedo, por supuesto lógico, de saber cómo me llevaría con ellos. Mejor no pudo ser la sorpresa al encontrarme a siete personas encantadoras. Con unos hice más migas que con otros, normal, y siempre recordaré las charlas bajo ese cielo lleno de estrellas mientras esperábamos otra estrella fugaz para pedir un deseo. El sentido de la vida, la felicidad, la muerte, todas las preguntas de nuestra pequeñez humana salieron a la luz, y compartir nuestras inquietudes, nuestros sueños, fue algo que siempre me quedará.
Podría extenderme mucho más, hablar de las comidas, de los chavales, pero saturaría a quien pudiera leer esto con datos que ocultarían la verdad que subyace en todas y cada una de mis palabras, la de una relación humana que basa su felicidad en palabras como esfuerzo, compartir, ayuda, perdón, aceptar... En todo ese tipo de cosas que cada día nos intentan presentar como un obstáculo para ser persona, pero que son lo único que nos lleva hacia esa meta.
Una última sorpresa me deparaba el campamento justo antes de acabar. Una de las actividades era un ''amigo invisible''. ¿Qué recibí? Un cuadernillo hecho a mano con dos cartulinas y unos pocos folios: ''este cuaderno es para que empieces a escribir tu primera novela''. Gracias Luismi.

sombra dijo
hola veo que te lo has pasado muy bien y has exprimido hasta la ultima gota en ese campamento, lo cual me alegra,espero que los chavales hallan aprendido y se lleven un gran recuerdo para casa aunque siempre habra alguno que no pero para gustos colores.
espero poder leer la novela que escribes aunque para eso supongo que aun faltara mucho tiempo.
ahh escribes muy bien y me gusto el comentario que dejastes en mi blog.
aunque con alguna cosa no este deacuerdo :)
bueno hasta pronto.
27 Julio 2006 | 01:46 PM