Bueno, llega el fin de año universitario, de mi primer año como universitario, como estudiante que ha decidido lo que quiere, como persona que se enfrenta ineludiblemente al reto de madurar.
¿Puedo decir que he madurado? Realmente, no es algo que pueda medir, pero sí puedo decir que he aprendido mucho sobre la vida, que mi mente se ha abierto hacia nuevos horizontes, y que he disfrutado con ello.
Ya me quedan sólo tres años para ser periodista, o al menos tener un papel que diga que lo soy, porque bien que me explotan como tal, y por la cara (vale que me dejo y así aprendo). Pero, mucho más allá de la universidad está la gente.
Los que ya estaban antes y los que han venido, y los que espero que en mi vida permanezcan mucho tiempo. Los primeros, de probada fidelidad y confianza. Para qué dar nombres, ya sabéis quiénes sois; y aunque haya pasado momentos difíciles, los sentimientos, el cariño y al amor han salvado algo tan hermoso.
Los segundos, esos que en septiembre entraron en mi vida. Aún recuerdo el primer día de colegio, el primer grupillo, la gente que he conocido a lo largo del curso. Unos no han pasado de meros compañeros, otros son ya amigos y se han ganado un hueco en mi corazón.
No es muy normal que haga esto. Quizá porque nunca había tenido la ocasión de hacerlo. Quizá porque el primer curso de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra lo siento como mío, quizá porque por primera vez en muchos años sé que el ambiente que voy a encontrar en 'clase' es acogedor.
Es el fin del inicio de un camino, que en compañía de viejos y nuevos se me hará mucho más fácil