Domingo de lluvia.
Oigo la lluvia chocar contra mi ventana, me asomo y veo como las gotas se deshacen violentamente al salpicar el suelo. Una, y otra, y otra, y otra. Es música, es un leve murmullo que baja del cielo y se levanta desde el suelo. Hace mucho frío, salgo de casa con el abrigo y aun así se me erizan los pelos.
Abro el paraguas y la música cambia; se hace más grave. A la vez hay música y silencio. Sólo se oye el agua: el agua que cae en el suelo, en mi paraguas, la que salpico con mis zapatos, y la que un coche solitario escupe a la acera.
Paseo por el parque, piso la hierba; es como un suelo hecho de esponja que me masajea. Como hace frío no hay perros que depositen sus excrementos en la hierba, y por eso puedo andar sin mirar al suelo.
Estoy relajado y vuelvo a casa empapado. Con frío, con resfriado, pero merece la pena tener los dedos morados; porque he disfrutado.
